Hubo una época —no tan lejana como a veces quisiéramos admitir— en la que la sola idea de que una mujer embarazada hiciera ejercicio de fuerza provocaba miradas de alarma, cejas levantadas y, en el mejor de los casos, una amable sugerencia de que "mejor camine un ratito y ya". Las primeras guías formales, como las de ACOG de 1985, recomendaban límites bastante estrictos: no más de 15 minutos de ejercicio vigoroso, mantener la frecuencia cardíaca por debajo de 150 latidos por minuto y, si no entrenabas antes del embarazo, mejor ni empezar. En aquel entonces, el temor a lo desconocido pesaba má
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