Yo también he sido testigo de las recomendaciones de múltiples médicos sobre solo hacer natación porque el riesgo de fractura aumenta con el ejercicio de fuerza o de impacto. Aunque estas ideas aún están presentes, cada vez más se difunde la importancia del entrenamiento de fuerza para la salud ósea, claro que siempre ajustado a las habilidades físicas del paciente y a su condición de salud. La evidencia científica ha transformado este paradigma, mostrando que actividades como el entrenamiento de fuerza no solo son seguras, sino altamente beneficiosas para el mantenimiento y mejora de la densidad mineral ósea (DMO). Este cambio en el entendimiento subraya la importancia de tensiones mecánicas como la carga axial, la tracción, la fricción y la torsión, que actúan como estímulos necesarios para la remodelación ósea y la mejora estructural del esqueleto.
Antes de continuar, es necesario conocer los métodos que se utilizan para evaluar la salud ósea, qué evalúan y su relevancia clínica y en la vida diaria. Hoy en día, contamos con herramientas como la absorciometría de rayos X de energía dual (DXA), que permiten evaluar la DMO de manera precisa, aunque no están exentas de limitaciones. Métodos como este han revolucionado la forma en que entendemos y monitoreamos la salud ósea, a pesar de que no capturen todos los aspectos estructurales del hueso, como su resistencia, calidad o arquitectura. La arquitectura ósea, entendida como la organización interna del tejido trabecular y cortical, es un factor crucial para determinar la resistencia del hueso frente a cargas mecánicas. Además del DXA, estudios recientes han explorado el uso de otras herramientas, como la tomografía computarizada cuantitativa (QCT) para medir la calidad ósea tridimensional y los ultrasonidos para evaluar la elasticidad del hueso. Aunque estas técnicas también presentan limitaciones, ofrecen una perspectiva complementaria que podría ser clave para entender la salud ósea de manera integral. Los investigadores optaron por utilizar DXA en este estudio debido a su accesibilidad, bajo costo relativo y capacidad para proporcionar medidas estandarizadas y reproducibles en grandes poblaciones. Esta elección también permite una comparación directa con estudios previos que han utilizado este método como referencia, facilitando una interpretación coherente de los datos en el contexto clínico. Estos avances son fundamentales para vincular intervenciones clínicas, como el ejercicio de fuerza, con marcadores objetivos de salud.
El estudio de Maliha et al. (2024) se propuso investigar si existe una relación entre la fuerza máxima en el peso muerto y la densidad mineral ósea (DMO) corporal total en hombres mayores sanos. Los investigadores plantearon como objetivo principal determinar si un ejercicio compuesto como el peso muerto podría ser utilizado como indicador indirecto de salud ósea en poblaciones no entrenadas específicamente en fuerza. Este ejercicio no solo mide fuerza máxima, sino que también adquiere relevancia debido a que los participantes no contaban con experiencia previa en entrenamiento de fuerza ni durante el periodo del estudio. Este detalle es significativo porque la fuerza es una expresión altamente dependiente de la especificidad neuromuscular, y al utilizar un ejercicio como el peso muerto, que no era familiar para ellos, se minimiza el sesgo asociado con adaptaciones neuromusculares específicas. Esto refuerza la utilidad del peso muerto como un excelente ejercicio "testigo" para evaluar tanto la salud ósea como los parámetros de fuerza en poblaciones no entrenadas, permitiendo una medición más imparcial de los beneficios de la actividad física en este contexto.
La población estudiada incluyó a 32 hombres mayores con una edad promedio de 66.5 ± 6.1 años (rango de 60 a 85 años), un peso promedio de 83.6 ± 11.3 kg, altura promedio de 174.6 ± 7.9 cm. El promedio del peso muerto máximo en una repetición (1-RM) fue de 37.0 ± 7.1 kg, mientras que el contenido mineral óseo total (WB BMC) fue de 2955 ± 389 g.
Los criterios de inclusión aseguraron que todos los participantes fueran autónomos, independientes y en buen estado de salud, mientras que se excluyó a fumadores, personas con alcoholismo, aquellos con historial de problemas ortopédicos importantes o con trastornos que afectaran el metabolismo óseo. Esto permitió recolectar datos de un grupo homogéneo y representativo para evaluar los efectos del peso muerto en la DMO.
Para ser más técnico en los resultados
Si deseas un detalle más técnico sobre el procedimiento y los resultados del estudio, aquí tienes la información. Si no es tu intención conocer tanto detalle, puedes saltar este apartado.
Material y métodos: La fuerza máxima en peso muerto se evaluó utilizando un protocolo de una repetición máxima (1RM), estandarizado y supervisado por entrenadores certificados para garantizar la seguridad de los participantes. Para medir la DMO, se utilizó DXA, enfocándose en la DMO total y segmentada (lumbar, cadera y cuerpo completo). Además, se registraron datos antropométricos como peso, estatura y composición corporal (grasa y masa magra).
Análisis estadístico: Se emplearon pruebas de correlación de Pearson para determinar la relación entre la fuerza máxima en peso muerto y la DMO. Adicionalmente, se realizaron análisis de regresión lineal para evaluar el impacto de la fuerza de peso muerto como predictor independiente de la DMO total, controlando variables como edad, índice de masa corporal (IMC) y composición corporal. Se consideró un nivel de significancia estadística de p < 0.05.
Resultados:
Promedio de fuerza máxima en peso muerto: 37 ± 7.1 kg.
DMO corporal total: 1.20 ± 0.15 g/cm², un valor que se encuentra dentro del rango esperado para adultos mayores saludables, que suele variar entre 1.10 y 1.30 g/cm² dependiendo de factores como edad, sexo y actividad física previa. Este contexto permite interpretar la densidad mineral ósea del grupo estudiado en comparación con lo considerado normal para su rango de edad.
La fuerza máxima en peso muerto (1-RM deadlift) está positivamente correlacionada con el contenido mineral óseo total del cuerpo (WB BMC) con un coeficiente de correlación r = 0.59. . Esto significa que aproximadamente el 34.8% de la variación en el contenido mineral óseo puede explicarse por la fuerza máxima en peso muerto. Este porcentaje sugiere que la fuerza es un factor relevante para el contenido mineral óseo, pero no el único, ya que el restante 65.2% estaría influenciado por otros factores como genética, dieta, edad, actividad física general, entre otros.

En la imagen se observa la relación entre la fuerza máxima en peso muerto (1-RM deadlift) y el contenido mineral óseo total del cuerpo (WB BMC). Cada punto en la gráfica representa a un participante del estudio, mostrando que a mayor fuerza (eje vertical, medido en kg) mayor contenido mineral óseo (eje horizontal, medido en gramos).
Aplicaciones prácticas y conclusiones
Estos resultados refuerzan la importancia de mantener un nivel adecuado de actividad física que promueva el desarrollo de la fuerza, particularmente en poblaciones vulnerables como los adultos mayores. En este contexto, el peso muerto sirvió como una herramienta de evaluación para explorar la relación entre la fuerza y la densidad mineral ósea (DMO), pero no fue la causa directa de una mejor salud ósea. Los participantes, que no realizaban regularmente este ejercicio ni contaban con adaptaciones neuromusculares específicas a él, presentaron una relación considerable (aunque no perfecta) entre la fuerza y la DMO. Esto sugiere que la intensidad y el nivel de actividad diaria, independientemente de cómo se exprese la fuerza, son factores cruciales para mantener una salud ósea adecuada. El estudio subraya que no es necesario realizar específicamente ejercicios como el peso muerto para obtener estos beneficios, sino que cualquier actividad que implique esfuerzos significativos y sostenidos puede contribuir positivamente a la salud ósea.
Más allá de sus beneficios en la densidad mineral ósea, el entrenamiento de fuerza también impacta positivamente en factores como la coordinación, el equilibrio, los reflejos y la cognición, todos elementos clave para prevenir caídas y fracturas. Este enfoque es especialmente relevante dado que la osteoporosis contribuye a 8.9 millones de fracturas anuales, lo que equivale a una fractura cada tres segundos. Por tanto, el entrenamiento de fuerza no solo mejora la calidad de vida, sino que también reduce la morbilidad y mortalidad asociadas, consolidándose como una intervención clave en la salud pública.
En conclusión, Maliha et al. aportan evidencia sólida que resalta el uso del peso muerto como una herramienta de evaluación para subrayar la relevancia del entrenamiento de fuerza en la salud ósea. Este estudio no solo refuerza la necesidad de considerar la actividad física intensa como un factor protector para la salud ósea, sino también evidencia cómo la fuerza desempeña un papel crucial en el bienestar general. Por ello, los profesionales de la salud deben reconocer la importancia de referir a sus pacientes, en especial a poblaciones vulnerables, a especialistas en entrenamiento que puedan diseñar programas de fuerza seguros, eficaces y adaptados a sus necesidades.
Referencia:
Maliha, E., El Hawly, W., Pinti, A., Zunquin, G., Bassim, Y., & El Hage, R. (2024, July). Maximal Deadlift Strength and Bone Mass in a Group of Healthy Elderly Men. InInternational Work-Conference on Bioinformatics and Biomedical Engineering(pp. 195-201). Cham: Springer Nature Switzerland.
Dr. Juan Manuel Jerezano Mora
Medicina de la Actividad Física y Deporte
CNC | CPT - NASM
Fundador de MuscleMind Academy e Hipertro.Fit