Perder peso es simple: solo necesitas consumir menos calorías de las que gastas en el día y repetirlo durante suficiente tiempo para comenzar a ver esa reducción en el peso corporal. Esta afirmación es bastante real e indiscutible; ningún ser humano está exento de las leyes de la termodinámica. Sin embargo, medir todo lo que ocurre en nuestro organismo durante un déficit calórico es mucho más complejo que simplemente restar calorías. Nuestra biología ha desarrollado mecanismos a lo largo de nuestra evolución con el objetivo de combatir la privación de energía, pues conseguir alimento no era fácil en la Edad de Piedra.
Durante un déficit calórico, nuestra biología ignora completamente la facilidad con la que podemos adquirir alimentos hoy en día. Estar en déficit no es una amenaza real en la actualidad, pero nuestra huella genética no piensa lo mismo; se prepara para periodos de hambruna e inanición, y el apetito aumenta. Un estudio realizado por el grupo de Polidori et al. en 2016 tuvo como objetivo evaluar el impacto de la retroalimentación que provoca el déficit calórico a largo plazo, y sus resultados, diez años después, siguen poniendo sobre la mesa la importancia de la regulación del hambre en este proceso.
Al observar la gráfica, lo que vemos es la representación visual de una tregua biológica que termina en una rebelión interna. Durante los primeros seis meses, la línea azul del peso corporal desciende con una determinación que parece imparable, impulsada por esa reducción inicial de la ingesta energética. En este punto, la termodinámica parece estar de nuestro lado: gastamos más de lo que consumimos y el cuerpo, ante la escasez, recurre a sus reservas. Sin embargo, mientras el peso baja, la biología enciende todas las alarmas de supervivencia. La línea roja del apetito se dispara hacia arriba, alcanzando niveles muy superiores a los del estado inicial, y se mantiene allí de forma persistente.
Es aquí donde el estudio revela la verdadera naturaleza del desafío: no es solo que el metabolismo se vuelva un poco más ahorrador —representado por esa ligera caída en la línea morada del gasto energético—, sino que el impulso de comer se vuelve desproporcionadamente alto. A medida que avanzamos hacia el primer año y llegamos a los 24 meses, la gráfica muestra una dinámica donde el gasto energético (línea morada) se mantiene por debajo del nivel basal inicial mientras la ingesta energética (línea verde) empieza a subir.
Este fenómeno explica el cambio de tendencia en la línea azul: el peso corporal deja de bajar y comienza a recuperarse gradualmente. El modelo de Polidori estima que por cada kilogramo de peso perdido, el cuerpo genera una señal de hambre que nos impulsa a consumir aproximadamente 100 kcal extra por día. Al final de los 24 meses, la recuperación del peso no se debe a un fallo metabólico masivo, sino a que la ingesta termina igualando o superando al gasto debido a esa presión constante del apetito.

Referencia
Polidori D., Sanghvi A., Seeley R., Hall K. (2016). How Strongly Does Appetite Counter Weight Loss? Quantification of the Feedback Control of Human Energy Intake.. Obesity (Silver Spring, Md.)(11), 24, 2289-2295.