Todos conocemos al clásico del gimnasio: ese compañero que aparece cuando estás al límite, justo en tu última serie, listo para gritarte “¡una más, venga, yo te ayudo!” mientras coloca las manos en la barra. Tú empujas, él también. La barra sube. Y la pregunta flota en el aire: ¿esa repetición cuenta o no cuenta? La crítica suele llegar rápido. Te ayudaron, no lo hiciste tú. Si alguien más tocó la barra, entonces el estímulo no es legítimo. Y de ahí viene una lógica que se ha repetido casi como un dogma: si no es trabajo completamente voluntario, si no lo hiciste tú solo, entonces no vale.
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