Hay algo que se repite mucho en el discurso popular sobre salud: “hay que moverse más”. Y si hay que medir ese “más”, los pasos diarios se volvieron la unidad de medida preferida. Contables, visibles y celebrables. Pero lo que no se discute tanto es que la acumulación de pasos —esa idea de que más es siempre mejor— puede nublar el enfoque que realmente debería importar: desafiar más al cuerpo, no solo moverlo más tiempo. No se trata de negar que caminar tiene beneficios, sino de entender que el estímulo que no exige, no transforma. Y que en el terreno de la salud, la eficiencia del estímulo
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