En la Tierra, entrenas sin darte cuenta. Te levantas de la cama y vences tu propio peso. Caminas, corres, subes escaleras… y ahí está la gravedad, empujando hacia abajo, obligando a tus músculos a trabajar aunque no tengas una barra encima.
Ahora imagina que un día esa entrenadora invisible se apaga. No hay empuje hacia abajo. Flotas. Te vistes, comes, trabajas… y tu cuerpo siente que todo es más fácil. Tanto, que empieza a ahorrar energía. ¿Para qué mantener tanta masa muscular si no hace falta?
Ese es el dilema de cualquier astronauta.
El inicio rápido del deterioro
En 1995, ocho días fueron suf
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