INTRODUCCIÓN
“No envidies la buena suerte de los demás y no te quejes de tu propia mala suerte” o en ocasiones descrito como: “Nunca tengas celos”.
En el mundo de redes sociales y la constante necesidad de impresionar y compararnos, ya sea que seamos conscientes o no, este precepto de Miyamoto Musashi me recuerda que esta actividad mental de pensar en el éxito o las circunstancias ajenas solo me distraen de lo que sí puedo hacer y lo que determina la calidad de mi vida, la única que tengo y la que debo proteger.

No mediante buenos pensamientos, ni tampoco mediante la esperanza de un mejor mañana; no, creo que aquí mismo en el presente, y solo mediante acciones, así incómodo como suele ser, es la única oportunidad que poseo para, paradójicamente, construir un mejor futuro, ya sea que lo viva o no, y así, de esta manera, la calidad de mi presente mejora. Es común leer y escuchar sobre ser agradecidos y practicar esta habilidad y virtud, pero otra cosa muy diferente es realmente llevarlo a cabo.
Si me conoces desde hace tiempo, sabrás que figuras históricas como Musashi con para mí una fuente importante y constante de inspiración no solo en materia filosófica, son seres humanos como tú y como yo que han trascendido la condición humana que incluye al miedo, la ansiedad, la incertidumbre, y han logrado construir para ellos y por ellos una vida valiosa en sus términos. Sin duda, algo a lo cual personalmente puedo aspirar día con día en todas las esferas de mi impermanente existencia.
La gratitud es una parte esencial del comportamiento humano prosocial, y de forma fascinante, la investigación científica ha mostrado que ciertamente puede traer beneficios tangibles a nuestro bienestar, ya sea escribiendo cartas de agradecimiento o llevando un diario, puesto que ambas prácticas pueden ser igualmente efectivas. Quizás, uno de los mecanismos por los cuales este puede ser el caso, es la modulación neuronal en la corteza prefrontal, que es básicamente el centro de control ejecutivo de nuestro asombroso cerebro. Sin embargo, conocemos poco sobre las bases neuronales de su expresión, así como sobre cómo esta puede tener efectos a largo plazo en la actividad cerebral.
Recientemente encontré un ensayo en el cual un grupo participó en una intervención de escritura de gratitud, que consistía en escribir cartas expresando agradecimiento, mientras que el grupo control no tuvo ninguna intervención por un periodo de tres meses.

Luego de esta simple pero poderosa intervención, la práctica de la escritura se asoció con una sensibilidad neuronal a la gratitud significativamente mayor y más duradera, ya que este grupo mostró aumentos conductuales en la gratitud y una modulación neuronal significativamente mayor en la corteza prefrontal medial.

Incluso una pequeña expresión de gratitud puede tener un efecto duradero sobre la actividad neuronal y la sensibilidad. Este ensayo llamó mi atención porque, a lo largo de nuestra historia como especie, podemos encontrar rastros en el conocimiento de hace cientos, e incluso miles de años, que nos apuntan en una dirección similar a la que la ciencia moderna parece hacerlo. Por ejemplo, otra cita que podemos rescatar para ilustrar el punto es la siguiente:
“Desdichado soy, porque esto me ha sucedido... No es así, sino dichoso soy, aunque esto me haya sucedido, porque sigo libre de dolor, ni aplastado por el presente ni temiendo el futuro. Pues algo así podría haberle sucedido a cualquiera; pero no cualquiera habría permanecido libre de dolor en tal ocasión.
Recuerda también, en cada ocasión que te cause disgusto, aplicar este principio: que esto no es una desgracia, sino que soportarla con nobleza es una buena fortuna”.
Probablemente sepas ya, querido(a) lector(a), que esta cita es atribuida al Libro 4 de las célebres Meditaciones de Marco Aurelio. Es fascinante ver cómo podemos cambiar totalmente la narrativa interna y dar nueva luz a lo que en apariencia es oscuridad. Esta fortaleza interna, que podemos todos encontrar en nosotros mismos, es precisamente la gratitud a la cual quiero referirme; no a la gratitud por los placeres, ni a la gratitud por la evitación de los dolores, sino más bien, a la gratitud que encontramos cuando esta misma es en lo último que pensaríamos en situaciones desafiantes.
Esta filosofía de vida no ofrece salidas fáciles, todo lo contrario, si acaso. Con todo ello, en mi vida y experiencia he encontrado en ello el sosiego que necesito no para pensar que todo estará bien en un futuro distante e idílico, más bien aquí, en el presente, en el cual puedo agradecer que tengo todo lo que necesito para continuar mi camino y, cuando esté frente a frente con el último de mis días, dichoso saber para mi mismo que hice todo lo que pude.
REFERENCIA
Kini, P., Wong, J., McInnis, S., Gabana, N., & Brown, J. W. (2016). The effects of gratitude expression on neural activity. NeuroImage, 128, 1–10. https://doi.org/10.1016/j.neuroimage.2015.12.040