Durante mi formación en la especialidad de Medicina del Deporte, mi caja de herramientas incluía ultrasonido terapéutico, láser, electroestimulación y —siempre— ejercicio. No teníamos punción seca ni otras técnicas invasivas; aun así, casi nada se cuestionaba a fondo. Se enseñaba el “mecanismo de acción” de cada instrumento y se daba por hecho que su uso era relevante. Cuando un ensayo no mostraba efectos, se atribuía con facilidad a “dosis inadecuada” o “frecuencia insuficiente”. Con el tiempo, la práctica clínica me mostró algo menos cómodo: incluso con la dosis “correcta”, es complicado con
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